Libertad… ¿el déjà vu de la desregulación?
Cuando observo en la televisión o en las redes sociales a jóvenes de diversos grupos sociales: alta, media y baja, todos conformando una especial coalición identificada por el deseo de la libertad y cantando a tono unísono y con una euforia indescriptible “libertad, libertad…”, pareciera que por fin romperemos las cadenas que nos tienen atrapados y que no nos dejan ni a hombres ni mujeres planear ni llevar adelante nuestros proyectos de vida. ¿Y acaso no es cierto que muchos de esos proyectos, muchas veces interferidos por instituciones estatales, quedan atrapados en distintas burocracias y mecanismos regulatorios que impiden ejercer esa anhelada libertad?
Si eres un empresario, más aún si eres productor, exportador o importador, incluso imagino que gritarás con más fuerza “libertad”. Y es que parece que el sistema está para castigarte: no es suficiente el hecho de que hayas identificado una gran oportunidad en el mercado, que sepas cómo servir de la forma más eficiente posible, no solo para satisfacer las necesidades de tus clientes, sino también para generar un beneficio económico. La cantidad de trabas que encuentras en el camino es inmensa -entre permisos, certificaciones, e incluso las complicaciones para contratar– y hacen que tu proyecto termine siendo tan costoso que, en muchos casos, prefieres no hacer nada. Entonces, ¿cómo no cantar “libertad, libertad”? La esperanza de realizar todos tus proyectos sin que nada se interponga, de repente, parece real.
Nadie puede negar la relevancia que tiene crear estructuras de gobernanza funcionales y que permitan a cada actor social lograr de forma efectiva sus proyectos de vida, sea si se trata de consumir o de invertir. Pero esta libertad para consumir, invertir e incluso competir, ¿puede constituir en sí misma el único objetivo que debemos alcanzar como sociedad? ¿Es este un objetivo que nos orientará al bien común? Michael Apple cuestiona la igualación que hemos hecho de la libertad con el libre mercado, recordándonos que las cuestiones relevantes de una sociedad democrática tales como los derechos, la autonomía y la justicia son la verdadera base de una sociedad libre, sin embargo, destaca con preocupación el hecho de que el modelo económico dominante terminó incluso transformando nuestro entendimiento de la libertad.
A finales de los años 90, empecé mis primeras experiencias laborales. Tal vez por inexperiencia, por la misma emoción de empezar a trabajar, y la misma asimetría que significa empresa – empleado, jamás cuestioné el hecho de que en algunas de esas empresas mi relación de dependencia fuera solapada. En unos casos fui un recurso tercerizado a pesar de trabajar en actividades afines al modelo de negocio, y en otros, fui “consultora”, y aunque sonaba “cool”, lo cierto es que mis deberes y responsabilidades implicaban algo distinto, y en ninguno de los casos los “derechos laborales” fueron reconocidos.
¿Por qué sucedió? El país había dado paso a la implementación de un conjunto de reformas orientadas a la liberalización e integración económica, según fue recomendado por un ilustre grupo conformado por economistas de instituciones internacionales localizadas en Washington. Ningún país latinoamericano participó en la definición de dicha agenda, por lo que no cabe duda de que jamás se consideraron ni entendieron como parte de ese plan de reformas nuestras idiosincrasias ni fragilidades institucionales.
Esto implicó que las empresas tuvieran mayores facilidades para contratar y despedir personal, tal vez no al nivel que hubieran querido, pero lo cierto es que fueron medidas que contribuyeron a reducir los costos laborales, y que en el tiempo significaron un aumento en la precarización laboral. Con esta misma lógica, se creó un marco regulatorio ambiental que nació intencionalmente débil, ya que después de todo, la prioridad era hacer atractiva la inversión extranjera para los sectores considerados estratégicos, cuya intervención escondió detrás los reclamos y las preocupaciones de grupos minoritarios como las comunidades locales, indígenas y ambientalistas.
Algunos preguntarán: si no tomamos este camino, ¿estamos condenados al subdesarrollo? Es verdad, no existe una respuesta fácil, más si reconocemos que detrás de cada regulación existe un campo de batalla de intereses diversos y asimetrías de poder que reflejan de una u otra manera ciertos consensos frágiles y transitorios. Sin embargo, el camino a seguir no debiera ser a cualquier costo, más aún si sabemos que ese camino, aunque parezca lógico, implica a una gran mayoría atrapada en la pobreza, sin alternativas reales ni poder participar en similares condiciones de los recursos y beneficios que de estos se derivan.
Esto se refleja claramente en los efectos que tuvo la desregulación financiera. Entre otras cuestiones, facilitó la entrada y salida de capitales, sin incentivos claros para la inversión a largo plazo en comunidades ni para una efectiva transferencia tecnológica. Así mismo, incentivó la extracción rápida de valor (sea de fuerza de trabajo o de la naturaleza) y la salida de los beneficios a paraísos fiscales. En un primer momento, se creó la ilusión de una mejora económica, pero dado que, dichas mejoras se concentraron en unos pocos, poco a poco fueron saliendo a la luz, los graves problemas estructurales que estaban sin resolver: asimetrías en el acceso a recursos y beneficios, inequidad en la distribución y una creciente desigualdad que profundizaba aún más la pobreza.
Es como si se hubiera construido una bomba de tiempo, hasta que llegó el momento y todo explotó. Claro, a esa altura, los bancos y las grandes corporaciones con acceso privilegiado al poder y la información ya habían buscado un mejor resguardo en cualquier lugar fuera del país. Mientras tanto, la gente común vio cómo de un momento a otro se le impedía acceder a su dinero, los ahorros producto del trabajo de toda su vida se licuaban, las jubilaciones se hacían agua, y, en la desesperación por dar de comer a las familias, muchos salieron a vender los pocos bienes que tenían “a precio de huevo”.
Ciertamente, en un momento así se debe salvar la “economía”. ¿Pero quiénes fueron salvados? Los mismos de siempre, para lo cual se imprimió dinero sin respaldo para comprar los activos tóxicos generados por los bancos y corporaciones, dejando al pueblo nuevamente atrapado en el hambre y la miseria. ¿Es esa la libertad que buscamos y la que tanto aplaudimos?
Cuando hoy escucho aquellos cantos de libertad, parece un déjà vu que estremece. Sé que las condiciones y el contexto no son los mismos, pero en lo más profundo, parece que seguimos aplicando las mismas recetas. Buscamos recortar todo aquello que de acuerdo al modelo impuesto implique un gasto: laboral, educación, salud, ambiente e incluso infraestructura pública, a pesar de que es el mismo capital que se beneficia de estas inversiones sociales, y, sin embargo, todo lo que contribuye al bien común parece que estorba.
Winston Churchill dijo en su momento: quien no aprende de la historia, está condenado a repetirla. Espero equivocarme, y ojalá entendamos que la verdadera libertad no es el capital que vuela sin responsabilidad, sino aquella que implica transformaciones orientadas a lograr comunidades que se sustentan así mismas, trabajadores con derechos, la naturaleza que no es una mina a cielo abierto. Una libertad, por la que en definitiva, valga la pena cantar, y que es la única condición para lograr una transición hacia una verdadera democracia.